—Ya me disculpé, señora Sandra. Además, las mujeres no deberían enojarse tanto. Le hace mal a la piel. ¿De qué sirve gastar tanto dinero en productos para cuidarla y usarlos día y noche si se enoja a cada rato? ¡Así no le van a servir de nada! —dijo Ryan con inocencia.Sandra se volteó hacia él, con las manos en la cintura.—¡Ryan!Ryan se asustó y bajó la cabeza.—Sí, señora. ¡Me equivoqué! —respondió obedientemente.—Siempre dices cosas que pueden ser ciertas, ¡pero igual termino ofendida! Ay, olvídalo. —Sandra se sentó junto a Vanessa—. ¿De verdad estás bien, Vanessa? ¿Todavía te duele la cabeza? —preguntó, aún preocupada.—Un poco —respondió Vanessa, fingiendo sujetarse la cabeza.—Llamaré a un doctor, ¿te parece?—No, no hace falta. Ya me siento mejor. Si quieres ducharte, adelante. Deja que Ryan me masajee la cabeza. Suele hacerlo él —dijo Vanessa, mirando a Ryan, que se rascaba la sien.—¿En serio? ¿Ryan sabe dar masajes? —preguntó Sandra, arqueando las dos cejas. Quería saber s
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