—Ya me disculpé, señora Sandra. Además, las mujeres no deberían enojarse tanto. Le hace mal a la piel. ¿De qué sirve gastar tanto dinero en productos para cuidarla y usarlos día y noche si se enoja a cada rato? ¡Así no le van a servir de nada! —dijo Ryan con inocencia.
Sandra se volteó hacia él, con las manos en la cintura.
—¡Ryan!
Ryan se asustó y bajó la cabeza.
—Sí, señora. ¡Me equivoqué! —respondió obedientemente.
—Siempre dices cosas que pueden ser ciertas, ¡pero igual termino ofendida! Ay,