La noticia sobre Camila llegó unas semanas después de aquella conversación con mi padre sobre el informe de seguridad, por el mismo canal de siempre: Bruno, en una reunión de negocios con Nicolás, la mencionó casi de pasada, sin medir del todo el peso de lo que estaba contando.—Perdió el embarazo —me contó Nicolás esa noche, con la voz baja, como si le costara ser él quien me lo dijera—. No fue un accidente. Decidió no seguir adelante, sola, después de que Emilio cortara todo contacto. Dicen que se fue a España poco después, a rehacer su vida lejos de todo esto, pero el niño... el niño no llegó a nacer.Sentí, escuchando eso, una sensación pesada en el pecho que no logré nombrar del todo. No sentía culpa —no había hecho nada que no tuviera derecho a hacer—, pero tampoco sentía la victoria fría que quizás hubiera sentido meses atrás. Sentía, sobre todo, el peso incómodo de dos vidas que se habían roto, la de Camila y la de Emilio, mientras la mía, contra todo pronóstico, seguía florec
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