El miércoles, el niño no paró de llorar, aunque Cristal hacía lo posible por hacerlo callar, ella se ponía nerviosa, tenía miedo que el patrón lo echara a la calle.Era un llanto desesperado, lloró desde las cinco de la mañana, Cristal lo levantó, lo cambió, le dio el biberón, se calmó, pero lloró de nuevo a las siete, a las ocho, a las nueve, a las diez. Lloró mientras Cristal lo meció en la mecedora, lloró mientras le cantaba canciones, le acarició con suavidad la cabeza, rogándole que se callara, que la dejara descansar aunque sea un minuto.Lorena bajó a las diez de la mañana, como siempre despampanante con su acostumbrado vestido corto, y su largo cabello cayéndole por la espalda, tenía cara de no haber dormido. Se paró en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, y le dijo con voz fría, a Marlene:—O se calla ese niño, o se lo llevan, no puedo ni desayunar con ese escándalo, parece un perro, chillé y chillé, no un ser humano, háganlo callar.—Señora Lorena —dijo Marlene,
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