La mirada de la señora Kirland era feroz. Ya no quedaba en sus ojos el cariño que alguna vez había sentido por Miranda. Solo había enojo, decepción y una determinación que parecía imposible de detener.—Esas niñas no son de mi hijo, y voy a demostrarlo.Joaquín apretó los labios. Había soportado demasiado aquella mañana, pero escuchar nuevamente a su madre hablar de Miranda de aquella manera hizo que perdiera la paciencia.—Ya basta, madre.La señora Kirland lo miró fijamente.—No, Joaquín. Vamos a hacerlo. Quiero enfrentar a esta mujer y descubrir la verdad de una vez por todas.—No tienes derecho a tratarla así.—¿Y ella sí tiene derecho a engañarnos? —respondió la anciana, sin apartar la mirada de Miranda—. Yo la quise mucho. Casi como una madre. La defendí, confié en ella y pensé que era una buena mujer. Pero me ha decepcionado tanto...Miranda permaneció en silencio. Sentía un nudo en la garganta, pero se negó a llorar delante de todos.La señora Kirland soltó una pequeña risa, ca
Leer más