La mirada de la señora Kirland era feroz. Ya no quedaba en sus ojos el cariño que alguna vez había sentido por Miranda. Solo había enojo, decepción y una determinación que parecía imposible de detener.
—Esas niñas no son de mi hijo, y voy a demostrarlo.
Joaquín apretó los labios. Había soportado demasiado aquella mañana, pero escuchar nuevamente a su madre hablar de Miranda de aquella manera hizo que perdiera la paciencia.
—Ya basta, madre.
La señora Kirland lo miró fijamente.
—No, Joaquín. Vamo