El beso fue una declaración de guerra absoluta, un choque de voluntades desprovisto de cualquier sutileza o preámbulo diplomático. Camilo la devoró con una intensidad salvaje, casi primitiva, que barrió de inmediato cualquier capacidad de pensamiento racional en la mente de Megan. El penetrante sabor a licor costoso de él se mezcló con la urgencia contenida de ella, y por un instante infinito, la soberana absoluta de Tierra Escarlata olvidó la existencia del palacio, el peso de las leyes y las cadenas de su propio orgullo aristocrático. Sus manos, que apenas unos segundos antes intentaban mantener una distancia prudencial, se enredaron con desesperación ciega en las solapas de su traje oscuro, arrugando la tela mientras lo atraía aún más hacia sí, hambrienta de su boca.Camilo soltó un gruñido bajo y sordo contra sus labios, un sonido puramente animal y posesivo que vibró directo en el pecho de Megan, encendiendo cada una de sus terminaciones nerviosas. Aprovechando la total y repenti
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