—¿Qué? —tartamudeó, parpadeando rápidamente como si intentara fingir inocencia—. ¡Y-yo te di la tarjeta!Me puse de pie de golpe; la silla chirrió contra el suelo mientras me erguía sobre ella.—¿Me tomas por un idiota? —exigí, cada palabra seca y cortante, con la voz cargada de una furia apenas contenida.Sus labios se entreabrieron, pero no salió ningún sonido. Instintivamente, se llevó una mano al escote del vestido, mientras toda su confianza se desvanecía.No le di la oportunidad de responder. En un instante, la sujeté por el cuello; no con suficiente fuerza para hacerle daño, pero sí para recordarle la advertencia que le había hecho antes. Sus ojos se abrieron de par en par, presa del pánico, y dejó escapar un jadeo ahogado.—¿Qué te dije que pasaría —dije entre dientes— si intentabas jugar conmigo?Sus manos se agitaron, arañando mi muñeca, pero no cedí. En cambio, me incliné más hacia ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso.—¿Dónde. Está. La. Tarjeta?—
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