Yuna El primer rayo de luz gris se colaba por el ventanal cuando Lin se movió. No se apartó del todo; su polla, que había vuelto a endurecerse dentro de mí mientras dormíamos, se removió con un empujón lento, casi perezoso, pero profundo. Solté un gemido involuntario, todavía sensible y dolorida del round anterior. Su semen de antes seguía goteando entre mis muslos, mezclado con mi propia humedad, pegajoso y caliente.Abrió los ojos despacio, negros y turbios de sueño y resaca, y me miró fijo. Su mano subió por mi cadera, agarró un puñado de carne y apretó fuerte, dejando huellas rojas.—Despierta, zorra mía —susurró ronco contra mi oreja, la voz todavía cargada de alcohol y de esa posesión enferma—. No creas que se acabó porque te corriste gritando mi nombre. Todavía no terminé de marcarte.Intenté moverme, pero su brazo me tenía atrapada contra su pecho sudoroso. El dragón tatuado parecía latir con su pulso acelerado. Se inclinó y lamió la marca que me había dejado en el cuello: un
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