—Déjame entrar, Alice... Va a pasar, lo prometo —susurro en su oído, la voz ronca y cargada de promesas de placer. —Estoy en el paraíso, mi amor... Relájate, estás tensa. Ella duda por un instante, la duda danzando en sus ojos. Pero mi presencia la domina, mi tacto la enloquece, mi posesión la consume por completo. Entonces, siento su cuerpo relajarse, la tensión disipándose, la rendición acercándose. Respiro hondo, canalizando toda mi fuerza, toda mi obsesión, todo mi deseo. Con un último empujón, rasgo su resistencia, invadiendo su santuario, llenando cada espacio vacío de su ser. El poder que siento en este momento es indescriptible. Soy el dueño de su cuerpo, de sus pensamientos, de su alma. La siento apretada, caliente, palpitante, envolviendo mi miembro con lujuria y deseo. Cada contracción, cada gemido, mi posesión se intensifica, elevándome a un estado de éxtasis indescriptible. El olor de su deseo me enloquece, su piel suave me quema, sus gemidos me enloquecen. Ella es m
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