La tarde en el santuario de Leonel se consumió entre vapores de aceites esenciales y una determinación que le calaba hasta los huesos. Jenny, sumergida en la bañera, observaba el mármol impoluto con ojos nuevos. Ya no veía una prisión, sino un tablero de ajedrez. —No hay marcha atrás —susurró para sí misma, con la voz firme—. Entre la amenaza de Kevin y la frialdad de mi padre, este es mi único destino. Al salir del agua, el ritual fue preciso. Mientras humectaba su piel, su mente, antes atestada de miedo, se llenó de claridad. Ya conocía la historia del monstruo; conocía las heridas que habían forjado a Leonel. Comprendo tu dolor, Leo, pero no permitiré que tu oscuridad consuma la mía, pensó con una resolución gélida. Seguirás siendo el monstruo para el mundo, pero aquí dentro, conmigo, serás el hombre que me respete. Se dirigió al vestidor, donde las piezas de encaje y seda aguardaban como una armadura elegida por él. Sus dedos recorrieron las texturas hasta detenerse en un ba
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