Sara tragó saliva al alzar la vista, cautiva entre sus manos, su cuerpo respondiendo ya al suyo. El problema era que él era el culpable, pero sabía que no podía culparlo. Él la había cambiado; desde el primer instante en que sus miradas se cruzaron, algo en ella había comenzado a derretirse y a respirar de nuevo. —Lo siento —dijo en voz baja, con seriedad—. Tienes razón. No es tu culpa.—Claro que no es mi culpa. Si alguien tiene la culpa, eres tú, porque esto, la forma en que me haces sentir, es toda tu culpa.Simon la miró fijamente durante un largo e intenso instante antes de atraerla aún más hacia su pecho y besarla apasionadamente. Fue un beso intenso, doloroso, que lo abarcaba todo. Las manos de Simon la sujetaban con suavidad, presionándola contra su creciente excitación. Y ella no hizo nada para detenerlo porque no podía. No quería. Todo lo que necesitaba era eso; lo deseaba tanto que nada más importaba, solo él allí, en ese preciso instante, con sus labios sobre los de ella,
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