El viaje en ascensor hasta el piso treinta de Ardentis se sintió como un descenso a los infiernos.
Elena miraba fijamente los números digitales cambiar en la pantalla, sintiendo que cada segundo que pasaba era un latido menos en el pecho de su madre. Las palabras del Dr. Mendoza seguían resonando en su mente: si no operamos antes de la medianoche, no pasará de mañana.
Las puertas metálicas se abrieron con un sonido casi inaudible. La planta ejecutiva estaba desierta, sumida en una penumbra eleg