«Eso no es una alarma», dijo Alejandro en voz baja.Las luces de emergencia de color rojo parpadeaban a lo largo de todo el pasillo.Las sirenas del edificio aullaban con agudeza, rebotando contra el cristal, el mármol y la columna vertebral de cada persona que permanecía allí de pie.«Es una invitación».Isabella lo miró fijamente.«Odio cuando tienes razón».Alejandro ya se estaba moviendo.«Javier, sella la sala segura de forma manual. Nadie entra ni sale, salvo con mi código y el de Isabella».«Sí, señor».«Marco, quiero todas las grabaciones de los pasillos de los pisos veintisiete y veintiocho en tu tableta en treinta segundos. Salta las cámaras que no funcionan».«En proceso».«Marta», dijo Isabella con rapidez, volviéndose hacia la cuidadora, «no abras la puerta a nadie. Si Lucas se queja, que se queje desde adentro».Lucas, que estaba de pie en el umbral de la sala segura, soltó un bufido.«Te he oído».«Perfecto», respondió Isabella.Sofía abrazó con más fuerza al Señor Bigo
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