Mundo ficciónIniciar sesión«¿SON LUCAS Y SOFÍA SUS HIJOS?»
La voz de la periodista quedó flotando en el aire como una cuchilla. Nadie se movió. Nadie respiró. Los destellos de las cámaras seguían estallando, congelando ese instante en algo que permanecería vivo en internet durante días. Isabella sintió cómo sus dedos se quedaban rígidos y helados. No por la pregunta. Tampoco por las docenas de miradas que ahora los observaban como si esperaran una explosión. Sino por la mano de Alejandro en su cintura. Esa mano se tensó con fuerza. No como la de un hombre que actúa ante las cámaras. No como la de un director general que intenta salvar su imagen. Sino como la de un hombre cuyo instinto acaba de ser tocado por algo salvaje y demasiado profundo para explicarlo con palabras. Alejandro miró fijamente a la periodista. Su mirada era impasible. Fría. Mortal. «La siguiente pregunta», dijo él. La periodista no retrocedió. «¿Entonces no lo niega?» Los destellos se volvieron aún más intensos y agresivos. Otro reportero se sumó a la pregunta. «¿Acaso este matrimonio se celebró para encubrir el escándalo de su familia secreta, señor Montenegro?» Isabella abrió la boca para responder. Pero Alejandro fue más rápido. «Los niños no tienen nada que ver con esto». Su voz era baja. Pero lo suficientemente cortante para abrirse paso entre la multitud. «Cualquiera que escriba, fotografíe o arrastre a dos niños pequeños a este espectáculo barato tendrá que tratar directamente con mi equipo legal». Los labios de la periodista se apretaron con firmeza. «Pero usted aún no ha respondido…» «No responderé ninguna pregunta que se refiera a mis hijos». Esta vez su tono fue más frío. Y mucho más peligroso. «Porque ellos no son propiedad del público». Isabella volvió la cabeza para observar su perfil. No lo negó. Tampoco lo confirmó. Esa respuesta solo les daría a los medios más combustible para seguir hablando. Y, maldita sea, esa misma respuesta hizo que el pecho de Isabella se llenara de algo que no necesitaba en absoluto en ese momento: una sensación de seguridad. Alejandro abrió la puerta del coche. «Entra». Isabella subió sin oponer resistencia. No porque fuera obediente. Sino porque si se quedaba allí un segundo más, podría cometer una locura, como abofetear a esa periodista. O quedarse mirando a Alejandro demasiado tiempo, buscando significados en lugares donde jamás debía haberlo hecho. La puerta se cerró de golpe. El ruido del mundo exterior quedó amortiguado al instante. Solo quedaba el sonido de sus respiraciones. Y la pregunta que ahora llenaba todo el interior del vehículo como un humo denso. ¿Esos niños son tuyos? El coche comenzó a moverse. Isabella miraba fijamente hacia adelante. Podía sentir la presencia de Alejandro a su lado sin necesidad de mirarlo. El calor de su cuerpo. Su silencio absoluto. La forma en que ese hombre parecía estar conteniendo algo con fuerza entre los dientes. «Debiste haberlo negado», dijo Isabella finalmente. Su voz sonaba más tranquila que lo que realmente sentía en su interior. Alejandro no respondió de inmediato. Seguía mirando al frente. «¿Y darles vía libre para que sigan persiguiendo a dos niños?», dijo al fin. «No». «Ahora sospecharán aún más». «Ya sospechaban desde que se filtraron esas fotografías». Isabella se volvió bruscamente hacia él. «Porque tú los estuviste investigando». «Escuchas demasiado poco para sacar tantas conclusiones». «He escuchado lo suficiente». Por fin Alejandro la miró. Esos ojos oscuros se posaron en su rostro y se quedaron allí, fijos. «¿Quieres que deje de hacerlo?» La pregunta sonaba sencilla. Pero no lo era. En absoluto. Porque debajo de esas palabras se escondían otras cien preguntas que él no pronunciaba en voz alta. ¿Qué estás ocultando? ¿Por qué te asustas? ¿Por qué ese niño se parece tanto a un reflejo de lo que yo era de pequeño? El corazón de Isabella latía con demasiada fuerza. Ella levantó la barbilla con orgullo. «Sí». Alejandro la miró durante unos segundos. Luego dijo: «No». La ira brotó en ella al instante. «Eres un maldito…» «Tú quieres que los proteja», la interrumpió él. «Y no puedo proteger algo que no logro comprender». «Ellos no son algo». La mirada de Alejandro bajó. Solo un instante. Una fracción de segundo dirigida a sus manos apretadas sobre el regazo, para luego volver a subir y encontrarse con sus ojos. «Lo sé». El tono de su voz cambió. Se volvió más grave. Más suave. Y, por alguna razón, eso lo hizo mucho más peligroso. El coche se detuvo ante un semáforo en rojo. El silencio cayó entre ellos. No era un silencio vacío. Era un silencio cargado de una cuenta regresiva. Entonces Alejandro preguntó, con mucha calma y mucha claridad. «¿Lucas y Sofía nacieron antes o después de que te marcharas de esta ciudad?» El cuerpo de Isabella se tensó por completo. No debía flaquear. No ahora. No aquí. «No tengo obligación de responderte eso». «Esa no es una respuesta». «Es la única que vas a obtener». Alejandro se recostó contra el respaldo del asiento. Pero sus ojos no dejaron de observarla ni un segundo. «Te marchaste hace seis años». «¿Y qué?» «Tus hijos tienen cinco años». «Hay muchos niños de cinco años en el mundo, Alejandro». «No me interesan los demás niños». Esas palabras cayeron pesadas y lentas en el aire. Desde que el coche se puso en marcha, Isabella sentía un miedo verdadero. No miedo a que Alejandro gritara. Ni miedo a que la amenazara. Ese hombre era mucho más aterrador cuando su voz mantenía esa calma absoluta. «No sigas con esto», dijo ella. «¿Seguir con qué?» «Con tus cálculos». Alejandro inclinó levemente la cabeza hacia un lado. «Si no hubiera nada que calcular, ¿por qué tienes tanto miedo?» «No tengo miedo». «Isabella». La forma en que pronunció su nombre hizo que un escalofrío recorriera sus brazos. No fue suave. Tampoco fue brusco. Pero fue demasiado íntimo. Demasiado consciente. Demasiado cercano a esa noche de hace seis años que se suponía debía permanecer enterrada para siempre. Ella volvió la cabeza hacia la ventanilla, mirando la ciudad que pasaba como líneas de luz difusa. «Si todavía te queda un mínimo de respeto por mí», dijo en voz baja. «no me obligues a responder a esa pregunta». Alejandro guardó silencio. Cuando volvió a hablar, su voz era más grave que antes. «El respeto es algo que no deberías esperar entre nosotros, Isa. Ya fallé al dártelo una vez». Él nunca lo había admitido así. No con esas palabras tan breves y directas. Isabella lo odió por ello. Porque esa pequeña confesión llegó mucho más profundo de lo que debía. Y lo odió aún más porque una parte de ella deseaba escuchar más. El coche entró en el aparcamiento subterráneo del edificio de la corporación Montenegro. Apenas se detuvo, Isabella abrió la puerta y salió. Alejandro bajó por el otro lado y rodeó el vehículo con paso rápido, alcanzándola antes de que pudiera alejarse demasiado. «A las dos de la tarde tenemos una sesión de fotos breve», anunció él. Isabella se detuvo en seco. «No». «Es parte del acuerdo». «Nos acabamos de casar hace apenas una hora. No le debo ninguna sonrisa a nadie». «No se trata de sonreír». Él se interpuso en su camino, bloqueando el paso hacia el ascensor. «Solo se trata de estar presentes». «¿Y si me niego?» «Entonces los medios llenarán ese silencio con sus propias historias». Isabella lo miró con fiereza. «Eres muy bueno haciendo que la coerción suene como lógica». Alejandro no lo negó ni lo discutió. «Veinte minutos», dijo él. «Después de eso nos vamos a casa». Isabella quería negarse. Quería decirle que ya había sido utilizada lo suficiente por él durante ese día. Pero también sabía que tenía razón. Y, maldita fuera, tenía toda la razón. «Veinte minutos», repitió Isabella. «Ni un minuto más». El estudio fotográfico alquilado por el equipo de relaciones públicas de Montenegro estaba ubicado en el piso diecisiete. Todo era blanco. Todo era brillante. Todo era falso. Isabella permanecía de pie bajo unas enormes luces, mientras dos estilistas se movían con rapidez ajustando su maquillaje, su peinado y la caída de su vestido. Alejandro estaba parado a unos metros de distancia, hablando con un hombre de gafas que parecía ser el jefe del equipo de comunicación. «La primera foto será formal. La segunda, un poco más cercana y personal. No necesitamos excesos», decía el hombre con rapidez. «Queremos proyectar estabilidad, elegancia y credibilidad». «Credibilidad», repitió Isabella con tono seco. «La palabra favorita de todos los mentirosos». El hombre de las gafas casi se atraganta con sus propias palabras. Alejandro, en cambio, miró a Isabella un instante y luego se dirigió a su equipo: «Ya escucharon. No fuercen nada». La sesión comenzó. La primera foto fue sencilla. De pie, uno al lado del otro. Mirada fija a la cámara. Mantener la distancia. Listo. La segunda foto no fue tan fácil. «Un poco más cerca, señor Montenegro», pidió el fotógrafo. Alejandro se movió. Un solo paso corto. Pero suficiente para que sus hombros casi se rozaran. El cuerpo de Isabella se tensó de forma automática. El fotógrafo observó la imagen en la pantalla de su cámara. «Bien. Ahora, coloque la mano en la cintura de su esposa». «No», dijo Isabella. Alejandro volvió la cabeza hacia ella. Todo el personal presente en la sala contuvo la respiración y se quedó inmóvil. «Es solo una fotografía», intentó explicar el fotógrafo con prudencia. «Y yo he dicho que no». Alejandro la miró durante unos segundos. Luego, sin siquiera mirar a su equipo, ordenó: «Usen otro ángulo». Todos se pusieron en movimiento al instante. Rápidos. Tensos. Como si todos hubieran comprendido que se acababa de trazar una línea invisible en el suelo y que nadie debía cruzarla. Isabella odió la sensación de alivio que se abrió paso en su pecho. La sesión continuó con posiciones más seguras y distantes. Hasta que el fotógrafo joven, que quizás no llevaba el tiempo suficiente trabajando para familias adineradas como para saber cuándo debía callarse, levantó la vista y dijo: «Si me permite ser sincero, señor, el niño de las fotos de ayer se le parece muchísimo». La sala entera quedó congelada en el acto. Alejandro se volvió lentamente hacia él. «Vete», dijo. No se lo dijo a todos. Solo a ese fotógrafo. El joven palideció al instante. «Lo siento, no quería…» «He dicho que te vayas». Dos asistentes se apresuraron a sacarlo de allí antes de que la situación empeorara. La puerta se cerró. Ahora solo quedaban Isabella, Alejandro, y el eco de aquellas palabras resonando en el aire. El niño de las fotos de ayer se le parece muchísimo. Isabella se inclinó para recoger su bolso. «Hemos terminado». Se dio la vuelta para irse. Pero Alejandro le sujetó la muñeca. No con brusquedad. Pero con fuerza suficiente para detenerla. Y lo bastante largo como para hacer que todo el cuerpo de Isabella ardiera desde ese punto de contacto. «Alejandro». Su voz sonó como una advertencia clara. Él la soltó al instante. Pero no retrocedió. Al contrario, dio un paso hacia ella. Dejando entre ellos solo una distancia mínima, apenas el espacio de una respiración. «Mírame a los ojos», le pidió él. Isabella no quería hacerlo. Ese era el problema. Porque sabía que si lo miraba ahora, vería demasiado. Aun así, levantó la cabeza. Y al instante se arrepintió. Esos ojos oscuros ya no estaban vacíos ni impasibles. Había algo nuevo allí ahora. Algo más salvaje que la sospecha. Más personal que la curiosidad. «Dime que me equivoco», dijo él en voz baja. Isabella tragó saliva con dificultad. «Te equivocas en muchas cosas». «No me refiero a eso». El tono de su voz descendió. Casi se convirtió en un susurro. «Mírame y dime que no existe ninguna posibilidad de que Lucas y Sofía sean mis hijos». El corazón de Isabella pareció caer en picada dentro de su pecho. Ella abrió la boca para hablar. Pero ningún sonido salió. Alejandro lo vio todo. Cada segundo de silencio. Cada respiración que se le quedaba atascada. Cada grieta que ella intentaba desesperadamente ocultar. Y su expresión cambió. No se llenó de ira. Tampoco de satisfacción. Fue peor. Estaba conmocionado. Verdaderamente conmocionado. Isabella retrocedió un paso. «No», susurró ella. Alejandro no se movió. No parpadeó. «¿Desde cuándo lo sabes?», preguntó él. «No…» «¿Cinco años?» Su voz se quebró levemente al final. «¿Cinco años en los que he tenido hijos y tú…» «¡Ellos son mis hijos!», gritó Isabella finalmente. Esas palabras estallaron fuera de ella antes de que pudiera contenerlas. Su pecho subía y bajaba con agitación. Sus ojos se llenaron de lágrimas. «Son mis hijos», repitió, más suave pero con mucha más dureza y firmeza. «Yo los llevé en mi vientre». «Yo los di a luz». «Yo me desvelé cada vez que tenían fiebre». «Yo estaba allí cuando Lucas tenía pesadillas y cuando Sofía se negaba a comer». «No tienes derecho a aparecer ahora y hablar como si te hubieran arrebatado algo». Alejandro la miraba como si le hubieran dado un golpe físico. Y quizás así era. «Isabella…» «Tú fuiste quien me desechó». Su voz comenzó a temblar, y ella lo odió profundamente. «Tú fuiste quien me llamó una buscavidas». «Tú fuiste quien decidió creer en tus propias mentiras y podredumbres en lugar de verme a mí como a una persona». «Así que no te pares frente a mí ahora». «Con esa expresión de dolor como si yo fuera la villana de esta historia». La sala quedó en silencio. Un silencio tan absoluto que Isabella podía escuchar el tic-tac del reloj en la pared. Alejandro tragó saliva una vez. Luego preguntó, casi sin que se le oyera la voz. «¿De verdad son míos?» Isabella cerró los ojos un instante. Demasiado tarde para retractarse de todo lo que acababa de soltar. Demasiado tarde para esconderse. Cuando los volvió a abrir, su voz era fría y cortante. «No», dijo ella. «Son dueños de sí mismos». «Y hasta que yo decida lo contrario». «Tú eres solo el hombre que casualmente contribuyó con su ADN». El rostro de Alejandro se endureció. No por rabia. Sino por dolor. Un dolor puro. Agudo. Que no logró ocultar lo suficientemente rápido. Isabella tomó su bolso y caminó hacia la puerta. Su mano apenas había tocado el pomo cuando la voz de Alejandro la detuvo. «¿Ellos lo saben?» Ella se detuvo. No se dio la vuelta. «No». «¿Se lo dirás algún día?» Isabella cerró los ojos con fuerza. Luego respondió: «Esa es una decisión que dejó de pertenecerte hace mucho tiempo». Abrió la puerta. Salió de allí. Y dentro de esa sala blanca y vacía. Entre luces brillantes y fondos falsos. Alejandro Montenegro permaneció de pie, completamente solo. Un hombre que acababa de recibir lo que más deseaba y lo que más temía, todo en un mismo suspiro.






