Javier sentía que el mundo se desvanecía a su alrededor. Cada paso que daba era un suplicio; el dolor en su hombro se había intensificado hasta volverse insoportable, y la sangre comenzaba a manchar la manga de su chaqueta. Sabía que no podría seguir corriendo mucho más. Necesitaba encontrar un lugar donde esconderse, donde pudiera recuperar el aliento y planear el siguiente movimiento. Pero las calles de Miami parecían interminables, y el ruido de los pasos de los hombres de Laura resonaba detrás de ellos como el latido de un corazón que se acelera antes de estallar.Liam, a su lado, también estaba agotado. El corte en su frente seguía sangrando ligeramente, y sus gafas azules, torcidas sobre su nariz, apenas lograban mantenerse en su lugar. Pero su mirada seguía siendo la de siempre: alerta, calculadora, buscando una salida en medio del caos.—Javier —dijo Liam, con la voz entrecortada—, no podemos seguir así. Necesitamos encontrar un lugar donde escondernos. Si seguimos corriendo,
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