La tensión podía cortarse con una cuchara…Pablo dejó los dos cafés sobre el escritorio de Valentina, ignorando deliberadamente la mirada que Mateo le lanzó desde el otro lado de la oficina.—Uno con doble azúcar, como te gusta —dijo con una sonrisa amable.Valentina sintió el peso de dos miradas: una dulce y otra afilada.—Gracias, Pablo —respondió, intentando sonar natural, aunque su voz tembló más de lo que quisiera admitir.Mateo se levantó despacio, con esa calma peligrosa que en él era preludio de tormenta.—¿Café con doble azúcar? —preguntó con voz tranquila, pero con una ceja arqueada—. Pensé que lo habías dejado… por aquello de las calorías, ¿no?Valentina parpadeó, incrédula.—¿Tú… cómo sabes eso?—Digamos que observo —respondió él, con una sonrisa apenas dibujada—. Es parte de mi trabajo.Laura, que observaba desde su escritorio con una sonrisa cómplice, intervino divertida:—¿Trabajo? Oh, claro… el trabajo de mirar a Valentina como si fuera un informe confidencial.—¡Laura
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