Elena no durmió aquella noche. Ni un minuto, ni un segundo. ¿Cómo iba a hacerlo? Tras cinco años sumida en el duelo absoluto de una tumba vacía, acababa de contemplar una fotografía real, una evidencia física e irrefutable. Ethan existía. Respiraba, caminaba, sonreía y, en algún rincón del mapa, seguía esperando sin saberlo.La imagen continuaba abierta en la pantalla de su portátil. La revisó por vigésima, por trigésima, quizá por centésima vez; ya había perdido la cuenta. Observaba la fijeza de los ojos del niño, el trazo de su sonrisa y la forma en que sostenía las manos. Cada detalle le rompía el corazón un poco más al recordarle todo lo que la codicia ajena le había robado: su primer paso, su primera palabra, el ingreso a la escuela, los cumplea&nti
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