La nieve seguía cayendo de forma lenta y silenciosa, como si el mundo exterior ignorara por completo la tormenta que acababa de desatarse dentro de aquella mansión.Elena sostenía a Ethan entre sus brazos, apretándolo contra su pecho. Era la primera vez que podía abrazarlo de verdad, sintiendo su calor real. Durante cinco largos años había llorado frente a una tumba vacía, consumida por la culpa y el dolor de creer que su hijo había muerto al nacer. Pero ahora estaba allí: respirando, temblando de frío y de miedo, aferrado a ella con sus pequeñas manos. En ese instante, Elena juró para sus adentros que nadie, absolutamente nadie, volvería a arrebatárselo.—No tengas miedo... —le susurró al oído mientras le acariciaba el cabello con ternura—. Mamá está aquí.Ethan levantó la cabeza muy despacio. Sus grandes ojos grises, idénticos a los de su padre, estaban empañados en lágrimas.—¿De verdad eres mi mamá? —preguntó con una voz tan frágil que le atravesó el corazón a Elena.No fue capaz
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