La puerta del apartamento acababa de cerrarse, pero la atmósfera en el interior del recinto se inundó de inmediato por un desborde de emociones contenidas. Emma, que desde momentos antes aguardaba con una zozobra que le laceraba el espíritu, se puso de rodillas sobre el suelo de mármol en cuanto distinguió la diminuta silueta adentrarse en el lugar.—Felix… no has sufrido ninguna lesión, ¿verdad?, ¿no te duele nada? —articuló Emma, trasluciendo pánico mientras examinaba la totalidad de la anatomía de Felix.Las manos de Emma registraban un severo estremecimiento al palpar los hombros, los brazos e incluso las mejillas del menor, cerciorándose de que no mediara ningún rasguño o hematoma encubierto que hubieran dejado rezagado los captores. Sus lágrimas ya discurrían con fuerza, externalizando un remordimiento monumental por haber descuidado por un instante el resguardo de su adorada joya.Al atestiguar la agitación de su cuidadora, Felix, por el contrario, dio muestras de una madurez
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