Manos esposadas

—¡Felix! —El alarido de desolación de Elly quebró la quietud del pasillo de forma equiparable a un centello.

Sin conceder el menor reparo a la inestabilidad de su anatomía, se desasió del amparo de Kenny y proyectó su cuerpo al frente, estrechando a Felix en un devoto abrazo.

Elly sollozó sumida en la histeria, examinando cada centímetro de la silueta de su hijo, quien lucía un tanto desconcertado ante la coyuntura que le circundaba: la presencia policial, el llanto desbordado de su madre y la
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