Sobre el sofá de la esquina, el teléfono móvil de Elyn, abandonado junto a su portátil, no dejaba de vibrar y encenderse una y otra vez. En la pantalla aparecía el nombre de Diego, llamándola incansablemente, creando una vibración monótona que rompía el silencio de la habitación.Dave, que estaba recostado en el borde de la cama, lanzó una mirada hacia el teléfono. Sus ojos de águila brillaron con una frialdad aterradora. Cada vez que el nombre de aquel bastardo aparecía en la pantalla, la ira que hervía en su pecho volvía a encenderse.Con pasos silenciosos y firmes, se acercó y tomó el teléfono de Elyn.Desde el baño llegaba el sonido amortiguado de la ducha, señal de que Elyn seguía ocupada limpiándose tal como él le había ordenado.Dave desbloqueó el teléfono —afortunadamente, no tenía contraseña— y abrió de inmediato la aplicación de mensajería. Sin vacilar ni un segundo, sus dedos tocaron el perfil de Diego, abrieron el menú y seleccionaron la opción de “Bloquear contacto”.No s
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