El monitor cardíaco emitía un pitido constante, rítmico y agudo que parecía taladrar el silencio de la habitación de hospital. Miranda sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. La mano de Gala, aunque débil y desprovista de calor, ejercía una presión psicológica aplastante sobre la suya, obligándola a sostener la mano de Alejandro justo encima del cuerpo de la mujer que agonizaba. Miranda miró a Alejandro de reojo. El gran magnate, el hombre que infundía temor en las salas de juntas y que manejaba un imperio con puño de hierro, parecía ahora un niño asustado. Tenía los ojos desorbitados, inyectados en sangre por las noches de vigilia, y las lágrimas corrían sin control por sus mejillas, perdiéndose en la comisura de sus labios apretados. —Gala... por Dios, no nos pidas esto —alcanzó a articular Alejandro con la voz rota, un hilo de desesperación que erizó la piel de Miranda—. Tú vas a salir de esta. Los médicos dijeron que... —Los médicos ya no tienen nada que decir, Alej
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