A la mañana siguiente, desperté con la luz del sol que se filtraba por la rendija de la cortina. Luca ya no estaba a mi lado. Oía su voz a lo lejos, hablando por teléfono con su tono firme de siempre. Trabajo, siempre trabajo.Suspiré y caminé hacia el baño. Acababa de terminar de ducharme cuando Elena entró con dos sirvientas detrás de ella.—Buenos días, señora. El señor Luca le pide que esté lista en una hora.—¿Adónde voy?—Solo el señor Luca lo sabe, señora. Él solo me encargó que me asegurara de que la señora estuviera lista.Suspiré. Ya no tenía energía para preguntar más. Estaba resignada. Resignada a que me bañaran, me vistieran, a que otros dispusieran de mi vida.Elena y Aria me ayudaron a bañarme. No porque yo no pudiera hacerlo sola, sino porque ellas estaban acostumbradas a hacerlo. Me dejé frotar la espalda, lavar el cabello, verter agua tibia sobre todo mi cuerpo. No me resistí. Solo callaba, mirando el vapor que subía al techo del baño.Después del baño, Aria secó mi
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