Perdí la cuenta. No solo de los orgasmos, sino del tiempo. No sabía cuánto tiempo llevábamos haciendo el amor en ese gimnasio. Lo que sí sabía era que mi cuerpo se sentía como si hubiera sido golpeado por olas. Olas de placer que llegaban una tras otra, a veces suaves, a veces feroces, pero siempre dejando una sensación de calor en cada terminación nerviosa.Luca se movía sobre mí con un ritmo lento y profundo. No como otras veces, que era brusco y salvaje. Esta noche era diferente. Sus fríos ojos azules no se apartaban de los míos. Cada vez que estaba a punto de cerrar los ojos por vergüenza o por el placer tan intenso, él decía: "Mírame, Camila. Quiero ver tus ojos cuando te rompas".Y me rompí muchas veces. En sus manos, bajo su cuerpo, en su abrazo.—Camila —susurró. Su voz era ronca, afónica, como la de alguien que acaba de despertar de un largo sueño.—¿Qué? —Yo también estaba ronca. Los gritos y los largos gemidos me habían secado la garganta.—Ya casi termino, pero no quiero a
Leer más