El aire en el pasillo se volvió denso, sofocante, cargado de una electricidad peligrosa.Hasret sentía un miedo atroz paralizándole las piernas; cada uno de sus latidos retumbaba en sus oídos como un tambor de guerra.Una voz en su interior le gritaba que diera media vuelta y escapara, que huyera antes de que fuera demasiado tarde. Sin embargo, no podía. Estaba clavada al suelo, prisionera de la propia trampa que acababa de tender.A solo unos pasos de ella, Murad comenzó a tambalearse.De pronto, un calor ardiente, sofocante y desconocido brotó desde lo más profundo de sus entrañas, quemándolo por dentro como lava hirviente.El aire comenzó a faltarle.Un mareo repentino hizo que el techo y el suelo giraran violentamente, obligándolo a apoyarse con pesadez contra la pared. Murad presionó un puño contra su pecho, sintiendo cómo el pulso se le disparaba.No era un malestar común; era una corriente de fuego líquido que se expandía velozmente desde su vientre hacia cada fibra de su cuerpo
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