La encontró en el estudio, tres días después, en el segundo escritorio que en su día se había instalado para un cierre de seguridad y que, desde entonces, se había convertido, simplemente, en el suyo.Había esperado esos tres días deliberadamente, no para evitar la conversación, sino para estar seguro, antes de tenerla, de que lo que pretendía decir nacía de la claridad y no del dolor crudo y sin examinar de la observación de una sola noche. Había dado vueltas a la pregunta desde todos los ángulos que pudo. Había llegado, cada vez, al mismo lugar.—Elara —dijo, en voz baja, desde la puerta.Ella levantó la vista del informe que estaba leyendo; algo en su voz ya le decía, antes de que dijera nada más, que aquella no iba a ser una conversación cualquiera.—Alessandro —respondió, dejando el informe—. ¿Qué ocurre?Él cruzó la habitación y se sentó, no en su silla habitual junto al escritorio compartido, sino en el sillón junto a la chimenea apagada; una elección pequeña y deliberada, comp
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