La encontró en el estudio, tres días después, en el segundo escritorio que en su día se había instalado para un cierre de seguridad y que, desde entonces, se había convertido, simplemente, en el suyo.
Había esperado esos tres días deliberadamente, no para evitar la conversación, sino para estar seguro, antes de tenerla, de que lo que pretendía decir nacía de la claridad y no del dolor crudo y sin examinar de la observación de una sola noche. Había dado vueltas a la pregunta desde todos los ángu