Cenaron juntos una última vez, una semana después, en la finca, la finca de Alessandro, aunque Elara ya había comenzado, en silencio, el proceso de trasladar sus pertenencias y las de Adaeze a la casa que Kexo había comprado, meses antes, anticipando exactamente ese futuro, aunque ninguno de los dos lo había dicho en voz alta hasta hacía poco.Fue una comida sencilla, cocinada por el propio Alessandro en lugar del personal habitual de la finca, un gesto pequeño y deliberado, comprendió Elara, el cuidado específico de un hombre que quería que su última velada compartida se sintiera como una noche cualquiera en lugar de una ocasión.—Tengo algo para ti —dijo él, una vez terminada la comida, sacando una pequeña carpeta desgastada del cajón del escritorio cercano.Ella la abrió. Dentro estaba el contrato original, las cincuenta y tres cláusulas, el documento que había leído y releído en el estudio meses antes, con sus propias anotaciones manuscritas todavía visibles en los márgenes de aqu
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