Los días siguientes se asentaron en el ritmo particular de la vida en la UCIN: horarios de alimentación medidos en cuidadosos incrementos, monitores que pitaban con patrones que los padres aprendieron a descifrar más rápido de lo que cualquier manual habría podido enseñarles y la vigilancia específica y agotadora de observar a una criatura pequeña y decidida aprender a hacer las cosas ordinarias que su llegada anticipada había dificultado temporalmente.
Kexo venía cada mañana antes de su primer