AMELIA—Tengo que bajar un momento a recibir a Sebastián —me dijo Aarón, dándome un beso corto en la frente antes de soltarme la mano—. Va llegando al estacionamiento con los abogados para ver cómo frenamos la porquería que armó a George. No me tardo nada, bonita. Descansa.Asentí en silencio, viéndolo cruzar la puerta a pasos rápidos. En cuanto me quedé sola en la camilla, el silencio del cuarto me cayó encima. Me pasé la mano por la panza, sintiendo al porotito moverse despacio, atrapada en una tristeza que me apretaba el pecho. El miedo de que todo nuestro matrimonio se viniera abajo por culpa de mi hijo me carcomía por dentro, pero si tenía claro algo era que primero estaba mi bebé, antes que nada. De pronto, el picaporte se movió, la puerta se abrió lentamente y me puse rígida al ver quién entraba. Era el abuelo Mateo Kane, apoyándose en su bastón, completamente solo.— ¿Qué hace aquí? —le pregunté a la defensiva, cubriéndome el vientre con las cobijas—. Aarón no está y el médico
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