Malachi retrocedió un paso, alejándose de la pantalla. Sus ojos grises, siempre tan calculadores y fríos, estaban desorbitados por un terror primario que nunca le había visto.—No es posible —murmuró, su voz rasposa, casi ahogada—. Yo vi su cuerpo. Yo lo vi, Sloane. Estaba frío.Me acerqué a él, ignorando el dolor agudo en mi hombro, y agarré su rostro con ambas manos. Su piel estaba helada. Temblaba.El monstruo invencible de Nueva York, el hombre que acababa de arrodillar a su propia madre, se estaba desmoronando bajo el peso de un fantasma.—Respira, Malachi —le supliqué, clavando mis ojos en los suyos—. Mírame a mí. Quienquiera que sea ese hombre, estamos juntos en esto.Él parpadeó, enfocándose en mi rostro. El calor de mis palmas pareció devolverle la cordura de golpe. Su respiración se estabilizó, pero la dureza que regresó a sus facciones fue aterradora.Sus manos bajaron a mi cintura, atrayéndome contra su cuerpo con una fuerza posesiva y brutal.—Ese es Elias Graves —siseó M
Leer más