Pasé el resto de la noche en los zapatos de Aria, riéndome de los chistes de los ricos y dando las gracias por cada nueva caja de regalos que llegaba a mis manos.Cuando la música se apagó y los invitados empezaron a irse, solté un suspiro de alivio. La pesadilla por fin había terminado… y era hora de ir a casa.A la casa de Edrick, no a la mía.El camino de regreso fue dolorosamente silencioso.Las luces de la ciudad se deslizaban sobre las ventanas tintadas, iluminando por momentos su mandíbula afilada y su rostro indescifrable. Conducía como vivía: preciso, distante, completamente en control.Yo iba sentada a su lado, con las manos entrelazadas en mi regazo, fingiendo interés por el cielo nocturno, cuando en realidad solo podía sentirlo a él. Su colonia, suave y limpia, llenaba el coche, rozando mis sentidos como un susurro no invitado.Cada vez que movía la mano para cambiar de marcha, mi respiración se cortaba. No porque me tocara… sino porque me preguntaba cómo se sentiría si lo
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