Camila corrió hacia la cafetería y enseguida divisó a Alessandro sentado junto a la ventana. Su porte era tan excepcional que los transeúntes se paraban a admirarlo, creyendo que se trataba de un rodaje de cine. Algunas personas incluso se arriesgaban a sacarle fotos de lejos con el móvil.Al ver la escena, Camila no pudo contener una sonrisa de satisfacción. Alessandro jamás miraría a esas mujeres vulgares; ella era la única a su altura. Se arregló la ropa, forzó una sonrisa dulce y entró despacio.«Alessandro, perdóname, estaba un poco ocupada y por eso me he retrasado», dijo con suavidad.Él se limitó a murmurar un «hm» indiferente. Camila pensó que era solo irritación por el retraso, pero notó que ni siquiera le había apartado la silla. Ella misma se sentó y, al mirarlo, se encontró con un semblante sombrío y unos ojos desbordantes de rabia. Su sonrisa se congeló.«Alessandro, perdóname, no era mi intención llegar tarde...», empezó ella con cautela.¿Acaso la había visto en el coch
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