Cuando Vivian abrió los ojos, la luz de la mañana ya inundaba la habitación. Frente a ella, tres caritas redondas, regordetas y adorables la observaban con curiosidad.Todavía medio aturdida, los atrajo hacia sí en un abrazo colectivo. Matteo, que tropezó con Mia en el camino, fue el último en intentar escapar y terminó recibiendo un sonoro beso en la mejilla.—Mis pequeños tesoros, ¿qué hacen en mi casa? —preguntó Vivian mientras apretaba a los dos niños, negándose a soltarlos.—Si me llaman “tía guapa”, les daré helado.Matteo lanzó una mirada furtiva hacia Luana, que permanecía de pie a pocos metros. Al ver que su madre no reaccionaba de inmediato, decidió que la recompensa bien valía el riesgo.Después de todo, Luana solo les permitía comer helado una vez por semana, algo que para él equivalía a una tortura medieval.—Vivian, no uses comida para sobornar a mis hijos —se acercó Luana, con un tono de fingida reprimenda.Vivian sonrió con cierta torpeza.—Ah, Luana… tú también estás
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