Cuando Vivian abrió los ojos, la luz de la mañana ya inundaba la habitación. Frente a ella, tres caritas redondas, regordetas y adorables la observaban con curiosidad.
Todavía medio aturdida, los atrajo hacia sí en un abrazo colectivo. Matteo, que tropezó con Mia en el camino, fue el último en intentar escapar y terminó recibiendo un sonoro beso en la mejilla.
—Mis pequeños tesoros, ¿qué hacen en mi casa? —preguntó Vivian mientras apretaba a los dos niños, negándose a soltarlos.
—Si me llaman “