Hortência se quedó atónita. Era la primera vez que su madre, Berta, le hablaba de forma tan áspera.—¡Madre! ¿Qué estás haciendo? ¿Qué tienen esos bastardos de tan interesante para que los mires así? —cuestionó Hortência en un arrebato de ira.Berta agarró el brazo de su hija con entusiasmo y señaló a los tres pequeños.—Mira bien a esos niños, Hortência. ¡Son la copia de tu hermano cuando era pequeño!Al oír aquello, Luana actuó por instinto, intentando cubrir los rostros de sus hijos con las manos. Pero solo tenía dos manos para tres niños; el pánico brilló en sus ojos por un segundo.Alessandro, observando de cerca, notó su agitación. «Esto es una protesta excesiva», pensó él. Nadie creería que esos niños no eran suyos, especialmente ahora que el secreto estaba expuesto.Hortência, influenciada por las palabras de Camila, no quería creerlo. Para ella, Camila era la cuñada perfecta: gentil, rica y generosa con regalos caros. Luana, a sus ojos, era solo una intrusa oportunista que cod
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