Capítulo 45 —El vestido negro Sergio sintió un impulso violento de ponerse de pie, destrozar la mesa de noche de una patada y salir a buscar a Hamilton por todos los restaurantes de Covent Garden para sacarlo a rastras del local. Las manos se le cerraron en puños tan apretados que los nudillos le quedaron completamente blancos. La furia lo carcomía por dentro, pero la mirada fija y vulnerable de Pedro, que lo observaba desde la cama esperando una respuesta, lo obligó a contener el aire. Tenía que controlarse frente al niño. No podía mostrar la bestia herida que llevaba dentro en presencia de su hijo. Respiró hondo, tragándose el sabor amargo de la rabia, y forzó una expresión relativamente blanda, aunque sus ojos grises seguían encendidos como brasas. —Bueno... las mamás también tienen reuniones aburridas de negocios por la noche, Pedro, es normal —dijo Sergio, con la voz un tanto ronca, intentando sonar convincente—. Seguro fue a resolver un problema con los ladrillos del puente. N
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