Capítulo 37 —Tierra BritánicaEl trayecto transcurría en un silencio absoluto. La cabina del jet privado era amplia y perfectamente aislada del exterior, pero la tranquilidad del entorno no bastaba para calmar a Pedro. El niño, asustado por su primer viaje en avión y la tensión invisible que flotaba entre sus padres, había comenzado a llorar. Era un llanto sordo, de puro agobio, que se intensificaba a pesar de los esfuerzos de la nana por distraerlo con los juguetes que traía en el bolso de mano.—Ya está, mi amor, ya casi llegamos —le susurraba Maribel, atrayéndolo hacia su regazo. Le limpiaba las mejillas con la yema de los dedos, pero el cuerpo del niño seguía rígido—. Por favor, mi vida, intenta cerrar los ojos. Duerme un ratito.Pedro negó con la cabeza, aferrándose a la tela de la blusa de su madre con las manos temblorosas. Maribel sentía que la frustración y la impotencia la superaban; su propia angustia por tener a Sergio sentado a pocos metros, vigilándola de reojo, se filtra
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