125. Se acabó
BrancaLa casa estaba silenciosa de una forma buena, de esos silencios que no pesan, que solo existen para dejar que los pequeños sonidos de la vida se destaquen. Piezas de rompecabezas encajando con clics suaves, risitas ahogadas que escapaban de la boca de Aelyn cada vez que ella «robaba» una pieza del padre, la voz grave de Cássio fingiendo indignación dramática: «¡Ey, señorita, eso es trampa! ¡Voy a llamar a la Interpol!». La niña reía más fuerte, echando la cabeza hacia atrás, y yo sentía el pecho expandirse como si el aire dentro de mí se hubiera vuelto más grande de repente.Estaba sentada en el sofá, un libro abierto en el regazo, alguna novela ligera de la que ya ni recordaba el título, pero mis ojos se quedaban en la misma página desde hacía al menos cinco minutos. No era distracción. Era contemplación. El sol entraba por la ventana de la sala, calentando el suelo de madera clara, pintando rayas doradas en la alfombra. En la mesa del comedor, los dos estaban concentrados en
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