Hubo un silencio tan profundo que se tragó el resto del ruido en la habitación, al menos para los dos. La cafetería seguía llena de vida. La gente seguía hablando, bebiendo y haciendo pedidos, pero en ese espacio entre ellos, solo existían ellos dos. Y se sentía como si el pasado se hubiera resquebrajado, derramando todo su peso olvidado en la habitación.Sus labios se separaron ligeramente, pero al principio no salió ninguna palabra. Sus cejas se fruncieron, no por confusión, sino por algo más cercano a la incredulidad. O quizá irritación.—¿Qué haces aquí? —preguntó finalmente, con la voz baja y cautelosa.Kingsley respiró hondo.—Vine a hablar contigo.La mandíbula de ella se tensó. Negó con la cabeza y giró un poco el rostro, como si no pudiera mirarlo completamente.—¿Hablar conmigo? ¿Sobre qué, Kingsley? ¿De qué podríamos hablar siquiera?—Solo… por favor. Unos minutos. Eso es todo lo que pido.—No —dijo de inmediato, con firmeza. No levantó la voz, pero su tono era frío—. No te
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