Arnaldo la observó con el ceño fruncido.—¡Qué! ¿Tú de qué estás hablando, corazón? —cuestionó. —De que tu papá y la enfermera tienen una relación sentimental desde hace varios meses.—No te creo. —dijo, sonriendo, quizá por los nervios.—Sí, es verdad, quien mira a mi suegro tan humilde, verdad.—¿Desde cuándo lo sabes tú, Madison?—Pues… prácticamente desde que comenzaron con su relación, me lo confesó la enfermera unos días después porque yo los descubrí llegar juntos.—¿Y tú dices que confías en mí, verdad, Madison? Me has pedido que, como matrimonio que somos, debemos de contarnos todas las cosas y no guardar secretos como este, verdad.—Lo sé, mi grandote, pero es que se me había pasado por alto, decírtelo, además no soy yo la que tiene que darte la noticia, sino que tu padre.—Pero yo soy tu marido, y el hijo de ese señor. Debiste, habérmelo contado desde el principio.¡No lo puedo creer que no me tengas confianza! —se quejó.—Pero no te molestes, amor, por favor.—¿Qué no me
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