Arnaldo tocó el timbre, fue su madre quien abrió en ausencia de empleados ese día.—Vaya, mi querido hijo, has venido a visitarnos y, por lo que veo, vienes acompañado de una chica muy hermosa.—Así es, mamá.—Me da tanto gusto que por fin hayas dejado a aquella muerta de hambre de Madison, hijo, esa mujer no te convenía, solo estaba contigo por tu dinero.—Sí, mamá, y no sabes lo horrible que se siente descubrir que una mujer esté al lado de un hombre solo por la fortuna que posee.—¿Dime, ya le pediste el divorcio?—No, mamá, aún no se lo he pedido porque primero quiero que tú me firmes unos documentos en los cuales te transfiero todas mis acciones y así ella no logre nada de lo que es mío.—Eres tan lindo, hijo, muy bien pensado. Así se hacen las cosas.—Aquí están los papeles para que los firmes, pero hazlo un poco de prisa porque el abogado ahorita mismo va en camino para donde mi esposa, va a pedirle que firme el divorcio.—Sí, hijo, hasta sin ver te los puedo firmar con tal de
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