EL REGALO DE ENZOEl teléfono de Leticia sonó. Ella miró la pantalla y colgó, sin atender. Antes de que yo abriera el regalo de Michael, que poco me interesaba, se levantó y dijo:—Si me permiten, necesito ir al baño.En cuanto salió, abrí rápidamente el regalo de Michael. Era una cajita de terciopelo, de esas que guardan joyas. Sentí un escalofrío en el estómago, temiendo recibir un pendiente igual al de Leticia, de oro blanco, con un hilo dorado. Bueno, mi helecho y mi perro imaginario se divertirían.Hasta que me encontré con un anillo en forma de corazón. Y me quedé inmóvil, como si fuera una estatua, con aquello en la mano.De nuevo el silencio se volvió denso, casi insoportable.—Te debía esto —dijo él, con la voz débil, baja—. Una vez nos hicimos tatuajes y prometimos casarnos —extendió la mano hacia el centro de la sala, por si alguien no lo sabía (lo cual no era el caso allí), para que comprobara las malditas tatuajes—. Seguimos caminos distintos. Pero quiero que sepas que vi
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