El asfalto del Zócalo vibraba con un lamento metálico, una frecuencia de agonía que se extendía desde la Catedral hasta los límites de la consciencia humana. Bajo el peso de Gilgamesh, Cristian sentía cómo su caja torácica amenazaba con colapsar, no solo por la presión física del Nephilim, sino por la ponzoña gélida que Abadón había inyectado en la red eléctrica de su sistema nervioso. El código solar, que en Machon fluía como un río de oro, ahora era un estrépito de estática y errores. La armadura de luz de Cristian se desvanecía en jirones, dejando al descubierto sus tatuajes, que ahora supuraban un humo negro y corrosivo.A pocos metros, Natalia estaba de rodillas, con las manos aferradas a su garganta. Su propio Abismo, corrompido por el Khopesh de Abadón, se había vuelto una entidad parásita que intentaba devorarla desde el interior. Las sombras que antes obedecían su voluntad ahora se enroscaban en su cuello como serpientes de obsidiana, apretando, asfixiándola con el peso de to
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