Al llegar a la oficina, se dejó caer en la silla con una familiaridad cansada. Sobre el escritorio, los documentos lo esperaban en perfecto orden, como una exigencia silenciosa que no necesitaba palabras.Apoyó los codos y, por un momento, sostuvo la cabeza entre las manos. No era solo un gesto de fatiga, sino de contención, como si todo lo que llevaba dentro estuviera a punto de desbordarse y necesitara un límite físico para no estallar. Luego pasó los dedos por el cabello, echándolo hacia atrás con lentitud, casi sin darse cuenta, como si aquel simple movimiento pudiera despejar algo más que su rostro: una niebla interna, persistente, que se negaba a disiparse.En ese instante apareció Louis. Abrió la puerta con cuidado, apenas lo suficiente para asomarse primero, como si dudara antes de entrar. Su mirada recorrió la oficina en silencio antes de decidirse a dar el paso definitivo. Su presencia, contenida y prudente, alteró el aire inmóvil del lugar.—Pasa, Louis —dijo Marcos, sin ap
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