Capítulo 75: Ni Un Solo Rasgo.

Al llegar a la oficina, se dejó caer en la silla con una familiaridad cansada. Sobre el escritorio, los documentos lo esperaban en perfecto orden, como una exigencia silenciosa que no necesitaba palabras.

Apoyó los codos y, por un momento, sostuvo la cabeza entre las manos. No era solo un gesto de fatiga, sino de contención, como si todo lo que llevaba dentro estuviera a punto de desbordarse y necesitara un límite físico para no estallar. Luego pasó los dedos por el cabello, echándolo hacia atr
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