Este es un capítulo cargado de nostalgia y sensualidad, donde Marcos se sumerge en el recuerdo de la última noche en la que él y Kate fueron uno solo, antes de que el destino y la amnesia los separaran. La noche parisina se filtraba por los ventanales de la suite, pero Marcos no veía las luces de la ciudad. Estaba sentado en la penumbra, con la mirada perdida en el ámbar del whisky que giraba en su vaso, mientras su mente, traicionera y anhelante, lo arrastraba hacia atrás en el tiempo. Hacia esa noche que guardaba bajo llave en su memoria como el tesoro más sagrado y, a la vez, como la herida más profunda. Recordaba el aroma de la lluvia golpeando los cristales, un sonido rítmico que parecía acompasarse con el latido acelerado de su corazón. Pero, sobre todo, recordaba el calor. El calor de Kate, que esa noche se había entregado a él con una urgencia que ahora, en retrospectiva, se sentía como una despedida que ninguno de los dos supo reconocer. En su recuerdo, la luz era tenue
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