Me levantó de la alfombra como si no pesara nada, aunque mis extremidades se sentían como gelatina y mi coño palpitaba con cada latido. El semen me corría por los muslos en gruesos regueros mientras me cargaba los tres pasos hasta la cama y me dejaba caer en el centro del colchón.Caí de espaldas, con las piernas abriéndose solas, el pecho agitado. Las sábanas ya eran un desastre por lo de antes, pero el frescor contra mi piel sobrecalentada se sentía delicioso. Solo podía mirarlo, de pie al pie de la cama, con la polla pesada, mojada y todavía palpitante, como si pudiera seguir toda la noche.Se arrastró sobre mí despacio esta vez, mirándome a los ojos, y se acomodó entre mis muslos sin entrar todavía. Su peso me hundió en el colchón, familiar y perfecto. Me apartó el pelo húmedo de la cara, besó mi frente, luego mi nariz y después mi boca, suave, casi tierno, hasta que gemí.—No seas suave conmigo —le advertí con voz ronca—. Me voy a enojar si lo haces.Él se rio bajito contra mis l
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