Me levantó de la alfombra como si no pesara nada, aunque mis extremidades se sentían como gelatina y mi coño palpitaba con cada latido. El semen me corría por los muslos en gruesos regueros mientras me cargaba los tres pasos hasta la cama y me dejaba caer en el centro del colchón.
Caí de espaldas, con las piernas abriéndose solas, el pecho agitado. Las sábanas ya eran un desastre por lo de antes, pero el frescor contra mi piel sobrecalentada se sentía delicioso. Solo podía mirarlo, de pie al pi